Perú: entre El Niño, el retroceso glaciar y la urgencia, por Julia Shimbo

2026-10-08 15:14:29 - MUNDO

__Doctora en Ecología y Coordinadora Científica de MapBiomas__*

Cada vez que el fenómeno de El Niño provoca inundaciones, sequías o interrupciones en el abastecimiento de agua, solemos hablar de una emergencia extraordinaria. Sin embargo, las evidencias acumuladas durante las últimas cuatro décadas muestran algo distinto: el territorio peruano viene transformándose de manera sostenida. El Niño no está ocurriendo sobre el mismo país de hace cuarenta años. Está actuando sobre un sistema hídrico que ha perdido parte de su capacidad natural para regular el agua y enfrentar los extremos climáticos.

Esa es quizá la principal conclusión que dejan los nuevos mapas anuales de la superficie de agua del país desde 1985 hasta 2025 de la Colección 4 de la red MapBiomas Perú, una iniciativa liderada por el Instituto del Bien Común, en alianza con UTEC. El problema ya no consiste únicamente en la ocurrencia de eventos climáticos extremos, sino en que estos impactan un territorio cuya dinámica hídrica ha cambiado profundamente.

Si queremos reducir nuestra vulnerabilidad frente a El Niño y al cambio climático, necesitamos dejar de gestionar el agua desde la reacción y comenzar a hacerlo desde la evidencia científica que hoy ya está disponible.

Los datos muestran que el Perú ha perdido más de 111 mil hectáreas de superficie glaciar entre 1985 y 2025, una reducción superior al 54%. Esta pérdida no significa únicamente menos hielo en las montañas. Significa el deterioro progresivo de una de las principales infraestructuras naturales que regulan el agua en los Andes. Los glaciares almacenan agua y la liberan gradualmente durante las épocas secas, sosteniendo ríos, agricultura, ciudades, generación hidroeléctrica y ecosistemas. Al mismo tiempo, la superficie de lagunas de origen glaciar aumentó un 52%, una señal del acelerado deshielo y de una reorganización del almacenamiento del agua en formas más inestables y vulnerables.

Los cambios no se limitan a las zonas altoandinas. En 2024, la Amazonía registró la menor superficie de agua (991 mil hectáreas) de las últimas cuatro décadas, afectando el transporte fluvial, los productos forestales y la vida de numerosas comunidades. A ello se suma una tendencia igualmente preocupante: disminuye la superficie de agua permanente y aumenta la de agua intermitente, es decir, cuerpos de agua que aparecen y desaparecen según la temporada. La diferencia entre los extremos estacionales pasó de 105 mil hectáreas en 1985 a 350 mil hectáreas en 2025, reflejando una hidrología mucho más variable en el país. Más del 40% de las cuencas del país presentan reducciones en su disponibilidad hídrica respecto de sus promedios históricos, mientras que la cuenca del lago Titicaca registra la mayor pérdida observada.

Estos cambios ayudan a comprender por qué fenómenos como El Niño producen hoy impactos tan complejos. En la costa, donde millones de personas dependen del agua que nace en los Andes, las lluvias extremas alternan con períodos de escasez cada vez más severos. Lima, por ejemplo, depende críticamente de cuencas cuya capacidad de regulación natural está disminuyendo. El desafío, por tanto, no consiste únicamente en responder a la próxima emergencia, sino en reconocer que la base física sobre la cual se organiza la gestión del agua está cambiando.

La buena noticia es que el país ya no enfrenta un problema de falta de información. Hoy dispone de series históricas de largo plazo, imágenes satelitales y plataformas abiertas que permiten observar cómo evolucionan los glaciares, los ríos, las lagunas y las cuencas. El reto consiste en incorporar esa evidencia en la planificación territorial, la gestión del riesgo, las inversiones públicas y privadas y las políticas de adaptación al cambio climático. La brecha ya no es científica; es institucional y está en sus acciones.

En un contexto en el que los eventos asociados a El Niño pueden ser más frecuentes e intensos, las decisiones que tomemos serán tan importantes como los propios fenómenos climáticos. El futuro del agua en el Perú dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para convertir el conocimiento en acción. Porque los mapas no cambian el territorio. Pero sí pueden cambiar la manera en que decidimos protegerlo.

Fuente: google.com
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